De mi libro publicado en Lulu.com/es "Cuento Siete Cuentos"
CUENTO SIETE CUENTOS
Estos cuentos o relatos los dedico con todo mi corazón
a mis amigos Paco, Pura y Octavio, ya que sin ellos
no hubieran existido nunca.
Gabriel Molinari Diaz.
DOMINGO EN FAMILIA.
Como cada domingo, mi familia al completo se reunía a almorzar. Yo disfrutaba alejándome un poco para poder mirar con perspectiva a mis parientes, esos seres extraordinarios y a la vez comunes, maravillosos y fuertes, sensibles o intrigantes. Eran tantos que era imposible conseguir que una conversación se formara con todos ellos, así, se hacían pequeños grupos que se desperdigaban por el patio, como brasas que se separan del fuego. Bajo la higuera mi padre Zeus compartía un simposio con Dionisio que era quién siempre traía el vino para la comida, también estaba Hades el hermano de mi padre, que se ganaba la vida con la muerte, es decir, tenía una especie de funeraria y esto le hacía ser ese pariente que todos evitan. Hablaban distendidos y reían. Dionisio gustaba de disfrazarse y era ese que en todas las fiestas altera la consciencia y lleva la ilusión. A unos metros en una mesa redonda de hierro forjado, mi tío Posidón, mi hermanastro Ares y Hefesto, jugaban a los naipes. La escena era dramática, pues no lejos de ellos estaba mi hermanastra Ilistía sentada con Afrodita que era la mujer del Hefesto pero que a la vez todos sabíamos que había tenido una aventura con Ares. La razón por la cual Hefesto mantenía la calma era tal vez el desconocimiento, pues es sabido que el engañado es el último en conocer la traición; aunque seguramente fuera porque mi hermanastro Ares era militar y había combatido en cuanta guerra se conociese y en ellas había ganado fama de ser brutal y hasta despiadado por lo que no era extraño que Hefesto le temiera. Atado a uno de los pies de la silla de Ares estaba su perro Cerbero, una bestia que con solo mirarla uno podía imaginarse el dolor que era capaz de provocar su fauce. Posidón que era marino y pasaba casi todo el año en el mar, era de todos los hermanos de mi padre el que mas se le parecía. De él decía mi madrastra, que cuando nos visitaba de improvisto siempre azotaba alguna tempestad como si fuera el emisario del mal tiempo. Mi hermanastra Hebe que era la mas joven de la familia, preparaba la mesa y de cuando en cuando le dejaba algún reproche a su madre que era quien preparaba la comida, de porqué yo no ayudaba y podía estar tranquilo leyendo mientras ella hacía todo el trabajo. Hera entonces me miraba y yo veía en sus ojos el odio que sentía, yo era el hijo bastardo, el fruto de una relación de mi padre Zeus con una mujer que ella consideraba en todo inferior a su persona; pero no se atrevía a descargar sobre mí toda esa ira contenida pues sabía que mi padre me defendería pues de todos yo era su preferido. Pues aunque furtivo, el amor que había sentido por mi madre era el amor mas grande que jamas había conocido. Volví a mirar a mi alrededor, las conversaciones se entrelazaban en el aire. Llegaron algunos sátiros amigos de Dionisio que siempre caían los domingos, decían por casualidad, aunque era una casualidad muy precisa y con ellos venían un par de mujeres de dudosa apariencia pero que fueron bien recibidas. Bajo la higuera el simposio estaba en su clímax, podía verse a mi padre a Hades y a Dionisio recostados en divanes de mimbre y bebiendo sin descanso el vino que parecía brotar inacabable de las botellas. Las mujeres bailaban al son del canto de uno de los Sátiros. A veces cuando veía a Zeus en estas formas, aunque fuera mi padre, no podía evitar sentir algo de dolor y entendía el sufrimiento de Hera, después de todo no era fácil ser la mujer de aquel hombre que todopoderoso hacía y deshacía a su antojo o placer. De la mesa de naipes surgió una discusión acalorada, Hefesto en un rapto de valentía había acusado a Ares de hacer trampa y éste, fiel a su fama se había puesto en pie en actitud amenazadora. Por suerte Afrodita se interpuso sabedora de que todo aquello no tenía nada que ver con el juego de cartas sino mas bien, con el juego de corazones. Ilitía alertó a Hera de lo que sucedía y Hera a su vez dio orden a Hebe para que empezara a llevar la comida a la mesa. Hera se había pasado todo este tiempo cocinando y por fin había llegado la hora de servir el banquete. La comida disipó la discusión y atrajo a los que reunidos bajo la higuera disertaban sobre poesía, política o sociedad. Los Sátiros fueron los primeros en tomar asiento y las dos mujeres, tras volver a colocarse algunas prendas que habían perdido a raíz del calor del baile se sentaron a su lado. Los miré allí, todos sentados a la mesa, eran mi familia llenos de defectos y virtudes que los hacían pasar de una escaramuza a un abrazo, de un simposio a una comida. Solo faltaba yo, Heracles, cuando Hera dio la señal para que se iniciara el banquete. Desde lejos disfruté viéndolos comer despreocupados, como si no tuvieran mas que estómago en el cuerpo.
Entonces vi a Hera observarme.
¡¡Gabrieeeel, gritó desde la mesa, deja ya ese dichoso libro de mitología y ven a comer!!
Por un instante mis ojos se abrieron y vi como la mujer de mi padre me llamaba; a la mesa estaban mis familiares, el herrero y el dueño del bar con algunos amigotes y dos mujeres que no sé quienes eran.
Entonces pensé en cerrar el libro y unirme a aquella gente reunida en torno a una mesa rebozando de comida y con nombres tan feos como Ana o Luis, o Juana o Pablo; pero no pude y volví a caer en la lectura y montado sobre Pegaso me fui volando al Peloponeso a cumplir los doce trabajos, mientras Hera le echaba la culpa de mi comportamiento a Zeus.
Fin.
